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Hace diez años, el país se sacudió con la noticia de que un joven se lanzó al vacío desde el Centro Comercial Titán Plaza, después de haber sido víctima de acoso por parte de sus compañeros de colegio, con la complicidad de la misma institución. Su nombre era Sergio Urrego y tenía 16 años. Este fragmento es parte de una de las cartas que dejó.
Con el inicio de un nuevo año escolar, los niños se preparan para comenzar otro curso, y los padres se preguntarán: ¿es la escuela un ambiente seguro para mi hijo? La respuesta corta es no, su hijo no está seguro. Pero tampoco lo están los hijos de otros que puedan ser víctimas del suyo y esperar que las instituciones atiendan el problema puede ser ingenuo y contraproducente. No importa si el colegio es público, privado, mixto, internacional o prestigioso.
Según el Ministerio de Salud, uno de cada cinco niños en Colombia sufre ansiedad por acoso escolar. Es decir, su hijo tiene un 20% de probabilidades de estar sufriendo este problema. Por las mismas causas, cada año se presentan 200 mil suicidios de jóvenes en el mundo, de acuerdo con la ONG Bullying Sin Fronteras.
Es un buen momento para reflexionar sobre la convivencia escolar, el impacto del acoso en la vida de los niños y la responsabilidad compartida entre las familias y las instituciones educativas.
Repensando los roles en el acoso
Es importante abandonar la visión simplista que divide a los niños entre “pacíficos” y “agresivos”. En situaciones de acoso, los roles son dinámicos y pueden cambiar con el tiempo. Un niño puede ser víctima en un momento, observador pasivo en otro, e incluso reforzador de la agresión, ya sea riéndose, dando “me gusta” en redes sociales o simplemente guardando silencio. No se trata de buenos contra malos, sino de cómo cada estudiante puede, en distintos momentos, adoptar conductas que agraven o mitiguen las agresiones.
Para Enrique Chaux, profesor de la Universidad de Los Andes, experto en el tema y arquitecto de la política nacional de Aulas en Paz, lo que se necesita es fomentar que más niños asuman el rol de defensores, aquellos que intervienen para detener el acoso escolar. Sin embargo, esta defensa no debe recaer en una sola persona, ya que intervenir de manera aislada puede convertir al defensor en una nueva víctima. Por ello, es clave promover una defensa colectiva, donde varios estudiantes actúen juntos para detener el maltrato, ya sea en el aula o en entornos virtuales.
Chaux agrega que, para promover la convivencia pacífica, son necesarias habilidades específicas, como la empatía y el manejo emocional. Sin embargo, estas competencias son especialmente difíciles de desarrollar en contextos de alta violencia. En ambientes donde los niños están expuestos a constantes agresiones, se genera una desensibilización que reduce su capacidad de empatizar. Además, manejar las propias emociones en un entorno agresivo es un reto enorme. Responder de manera asertiva —firme, pero no agresiva— se vuelve complicado cuando un niño siente que está constantemente bajo ataque. Por ello, es esencial enseñar habilidades de regulación emocional desde una edad temprana, algo que Aulas en Paz logró con éxito en sus primeros diez años, interviniendo a 35.000 niños y 1.600 docentes de 40 municipios en el país.
En el ámbito virtual, estos desafíos se amplifican. El ciberacoso es más difícil de detener porque las agresiones pueden llegar a públicos masivos en cuestión de segundos, lo que aumenta el daño emocional y crea una sensación de inescapabilidad. Este entorno demanda estrategias específicas para manejar la convivencia digital y proteger a los niños.
El papel de las familias y la corresponsabilidad
Los padres y cuidadores tienen un rol central, especialmente durante los primeros años de vida. En esta etapa, las familias pueden moldear cómo los niños manejan sus emociones, resuelven conflictos y responden a situaciones de maltrato. Estos aprendizajes tempranos son cruciales para construir las bases de una convivencia saludable a lo largo de la vida.
Aunque la influencia parental sigue siendo importante en etapas posteriores, su impacto es más efectivo en situaciones concretas y retos específicos. Sin embargo, existe una preocupante tendencia a delegar la responsabilidad y esperar que las escuelas resuelvan los problemas de la casa. Algunos padres creen que las escuelas son las únicas responsables de la educación de sus hijos, mientras que algunas instituciones culpan a las familias por no involucrarse lo suficiente. Se debe entonces fomentar una corresponsabilidad genuina, basada en la colaboración, la comunicación constante y el apoyo mutuo.
La colaboración entre familias y colegios no solo es deseable, sino imprescindible. Esto incluye brindar a los padres estrategias concretas para manejar situaciones complejas, como las pataletas en la primera infancia, que son oportunidades clave para enseñar a gestionar emociones. Estas habilidades no solo benefician al niño en el hogar, sino que también fortalecen sus relaciones en la escuela y otros espacios sociales.
Asimismo, los colegios deben asumir su responsabilidad, no solo como espacios académicos, sino como entornos que modelan la convivencia. Esto implica sancionar las agresiones y también prevenirlas a través de programas efectivos y el desarrollo de habilidades sociales en toda la comunidad escolar, complementa Chaux.
Las secuelas imborrables en los niños
El bullying tiene un impacto profundo y duradero en el bienestar psicológico de los niños, afectando su vida a corto, mediano y largo plazo. A corto plazo, provoca ansiedad y estrés, lo que dificulta la concentración y el rendimiento académico. A mediano plazo, puede desencadenar trastornos como la depresión, llevándolos al aislamiento social y a la evitación de la interacción escolar. Si no se aborda, sus efectos a largo plazo incluyen trastornos psicológicos crónicos como ansiedad generalizada o estrés postraumático, que afectan su vida adulta y sus relaciones sociales y laborales. Sin intervención, este ciclo puede dejar secuelas emocionales graves y difíciles de superar.
Como padre, es fundamental mantener una comunicación fluida con los hijos e indagar sobre la presencia de señales de afectación psicológica. Si se identifican síntomas como los mencionados, es recomendable buscar la orientación de un profesional de manera oportuna para intervenir a tiempo y evitar que el daño se prolongue o se agrave.
Desde la psicología forense, es posible evaluar estos daños de manera objetiva mediante herramientas especializadas, como entrevistas clínicas estructuradas, pruebas de personalidad y escalas de medición del estrés postraumático. Estas metodologías permiten determinar el grado de afectación psicológica y su relación causal con el bullying sufrido. Por ejemplo, el Child PTSD Symptom Scale (Cpss) ha sido validado para medir el impacto de eventos traumáticos en niños y puede ser útil en estos casos.
Una evaluación psicológica integral daría elementos no solo al clínico que intervendría el niño, también sirve de insumo en un proceso de responsabilidad contra la institución educativa y los presuntos agresores.
Las instituciones educativas tienen la obligación de prevenir, atender y erradicar el bullying, así como garantizar un entorno seguro para los estudiantes, tal como lo establece la Ley 1620 de 2013 de Convivencia Escolar. Además, pueden ser civilmente responsables por los daños morales causados por omisiones en su deber de protección (artículo 2341 del Código Civil).
La Corte Constitucional ha abordado este tema en varias sentencias, como la T-478 de 2015, en el caso de Sergio Urrego, en la que ordena a los colegios proteger la diversidad de los estudiantes, conformar comités de convivencia y establecer protocolos de atención. Asimismo, en la T-252 de 2023, se falló en contra del Colegio Helvetia de Bogotá por no hacer lo suficiente para prevenir el bullying, lo que resultó en daños psicológicos graves para un estudiante. Estos precedentes refuerzan la idea de que las instituciones educativas pueden ser responsables del daño moral derivado del bullying y deben reparar la afectación psicológica que su acción u omisión haya provocado.
Empieza otro año escolar y es cierto: su hijo no está seguro. Pero, así como las instituciones educativas pueden ser responsables del acoso que él o ella sufra, también existen las herramientas procesales para que reparen el daño causado. Sin embargo, como padre, tiene el deber de prevenir que su hijo se convierta en agresor de otros niños. La tarea de fomentar un ambiente de convivencia adecuado es compartida entre las familias y las escuelas.
Las heridas causadas en el colegio pueden marcarlo tanto a usted como a su hijo para toda la vida, pero también los recuerdos y las amistades que allí construyan pueden ser la herramienta más poderosa para enfrentar los retos de adulto. De esta manera, su hijo experimentará la música, las pinturas y los trazos que Sergio no alcanzó a disfrutar cuando el bullying cercenó sus esperanzas.
