La capital de los santandereanos, la quinta ciudad más importante del país, sigue dando clase de politiquería. El año pasado casi ponemos presidente. A Bucaramanga llegaron todo tipo de periodistas para entender quién era ese ingeniero millonario, atarván y golpeador de Rodolfo Hernández.
Hoy, en las elecciones regionales, otra vez damos buenos titulares, esta vez con el “Bukele” colombiano. Así, se auto-bautizó Jaime Andrés Beltrán, un pastor (hoy sigue dando prédica en su iglesia) que con el coctel entre política y religión puntea en las encuestas.
Jaime es heredero de una usanza radical que hizo del parque San Pío un lugar de inquisición para quemar libros de García Márquez, Rousseau y Marx, que, según las juventudes conservadoras lideradas por un tal Alejandro Ordóñez, transformarían a la región en una especie de Sodoma y Gomorra, pero en 1978. Esta experiencia religiosa, la repite Beltrán, quien desea llevar a la hoguera pública todo lo que él considera le impide avanzar a los bumangueses. En su discurso estos demonios tienen nacionalidad venezolana y él prometió desterrarlos.
Ya sea por la insistencia (lleva dos campañas al Concejo y con esta dos a la Alcaldía de Bucaramanga), Beltrán lidera todas las encuestas, arrastrado por el voto cristiano de sus feligreses, pero ahora también por el voto conservador de distintos partidos. El miedo que, en 2015, hizo que los liberales no le dieran el aval a la Alcaldía por dirigir una iglesia protestante parece haberse disipado.
Pero su poder y dinero sí se lo debe a su iglesia, Camino a la Libertad. Fue su padre, llamado igual que él, quien se lanzó a la política por allá en los 2000. Desde el púlpito respaldó a liberales como el senador José Luis Mendoza y llevó durante ocho años al concejo al también pastor, Pedro Pablo Amaya. Desde 2011 el elegido ha sido su hijo y ahora candidato. Lo que alguna vez nos dijeron que de política y religión no se hablaba en casa, esta familia lo usó para asegurar curules desde el sermón.
Los liberales patiamarillos, de trapo rojo y de pura cepa, quienes entregaron sus vidas por sus ideas progresistas y demócratas, se retorcerían si pudieran ver lo que hicieron con sus banderas en Santander. Porque, aunque Jaime Beltrán se presente como independiente, militó y coqueteó con los rojos que durante décadas desangraron la ciudad.
También, desde el Concejo, apoyó al entonces alcalde y hoy en juicio, Luis Francisco Bohórquez (2012-2015), de quien es bien sabido diseñó una repartija burocrática con concejales. Y en 2018 le puso votos al congreso a un perro viejo de la política santandereana, Jaime Durán Barrera. Como denunció La Silla, de esto Beltrán sacó la dirección regional de la Unidad de Víctimas. Desde 2019, convenientemente, se quiso desmarcar de la clase política tradicional.
En su carrera organizó festivales por “la familia”, marchó en contra de la mal llamada “ideología de género”, abogó en contra de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, estigmatizó a migrantes y promovió políticas de odio como la paloterapia para ladrones y “delincuentes”, de la que él quién sabe si se salva.
Con Dios y el Diablo
Por el lado del Centro Democrático, Diego Tamayo renunció a su aspiración a la Alcaldía y se adhirió a su campaña, lo que significa palabras más, palabras menos que el uribismo y el clan Villamizar van de frente con la candidatura del pastor.
Pero la alianza viene de antes. Es bien sabido, por el círculo más cercano de su iglesia, que Jaime Beltrán acostumbraba a trabajar en llave con la excongresista, Johana Chaves García del Centro Democrático. Chaves, también es hija de un pastor, Esteban Chaves, dueños de la iglesia Misión Carismática Internacional (MCI), cercana en fe y dirección a la de los Beltrán.
Cuatro fuentes confirmaron que desde 2014 todo se volvió política. En las reuniones del culto, el discurso, así fuera breve, no faltaba. E iniciaron a conseguirle trabajo a los feligreses que consideraban más cercanos. Quienes obtenían algún puesto en esa lógica, desde antes de firmar, sabían que el 10% del contrato debían entregarlo, a modo de “diezmo”. Por sentir que jugaban con el nombre de Dios, para hacer “plata y política”, muchos han abandonado la congregación.
Siguiendo con la información no tan espiritual hay que recordar que Jaime Andrés negoció su coaval con el partido de la U y su entonces presidenta, Dilian Francisca Toro. Gracias a ese pacto comparte candidatos a la Asamblea y el Concejo con el clan Aguilar, de quienes a veces niega el apoyo, y a veces no se entiende si sí o no.
Esta mezcla de politiquería y fe pareciera estarle dando resultados. El 29 de octubre sabremos. De momento, ¡qué Dios nos agarre confesados!
