Que la Presidencia de la República deba advertir en una comunicación oficial que el Presidente NO (así en mayúsculas) va a cerrar el Congreso (como si pudiera hacerlo), que el propio Petro deba reiterar que no se quiere reelegir (como si fuese posible), que se haya vuelto noticia una declaración del Ministro de Justicia diciendo que -en cualquier caso- para convocar una asamblea constituyente hay que seguir el camino señalado por la Constitución (como si hubiera otro) y que a la controversia entre el Presidente y algunos expresidentes haya llegado el tema de la lealtad de las fuerzas armadas, todo en la misma semana, significa que hay movimientos que debemos monitorear, pero especialmente saber qué tan preparados estamos para ellos.
Que haya temblores es normal, de hecho, los especialistas dicen que hay más de 1400 al día. En los sistemas políticos es igual. Los gobernantes quieren abusar y quedarse. Todos. Todo el diseño institucional de las democracias liberales está hecho para eso, para evitar que generen consecuencias. El sistema no está para evitar que lo intenten sino para evitar que lo logren, pero no siempre lo consigue.
La sismo-resistencia institucional depende, al menos, de tres factores: el nivel de apoyo ciudadano al gobierno, la coincidencia de mayorías entre el gobierno y el legislativo y la capacidad del ejecutivo de cooptar el sistema de controles. Un gobierno muy popular, que cuenta con mayorías incondicionales en el legislativo y que consigue incidir eficazmente en el poder judicial, la organización electoral y otros órganos independientes es un gran peligro para el sistema democrático. Si decide abusar probablemente lo logre.
Por eso Bukele, Chávez, Uribe, Correa, Ortega fueron más peligrosos para la democracia que Milei, Bolsonaro, Trump o Petro.
Andrés Pastrana amenazó con disolver el Congreso. Pero su dicho no parecía más que una pavada, como dicen los argentinos, porque no tenía ninguna opción de lograrlo.
Uribe logró cambiar la constitución para hacerse reelegir, como Correa y Bukele, pero cuando quiso hacerlo de manera indefinida encontró un sistema de controles, que no había conseguido cooptar, que se lo impidió, a pesar de haber logrado que el Congreso aprobara un referéndum con ese propósito, de contar con un amplio apoyo ciudadano y de tener todos los demás factores de poder de su lado.
Petro, en cambio, no es un presidente popular. Solo una tercera parte de los ciudadanos lo apoya, no tiene una coalición mayoritaria en el Congreso y su nivel de incidencia en las cortes, los órganos de control o la organización electoral es casi marginal.
Es cierto que tiene un conjunto de organizaciones sociales cada vez más organizadas y “combativas”, pero aun así son minoritarias y por sí solas no consiguen quebrar el sistema. Se requiere que el gobierno controle las tres variables y Petro parece lejos de eso.
Con el escenario actual, la idea de que el Presidente ordene el cierre del Congreso, para citar uno de los rumores —que parecen delirios— que han circulado en estos días, pues resulta casi inimaginable. Es difícil pensar cómo podría ser la escena. ¿El Presidente expide un decreto? ¿La fuerza pública se toma el Capitolio? ¿Los congresistas no se reúnen en acatamiento a la orden presidencial? ¿La ciudadanía sale y apoya la medida?¿Las Cortes no se reúnen o no toman medidas?¿Si las toman, la fuerza pública no las obedece? ¿Grupos de ciudadanos rodean el Congreso e impiden su funcionamiento? ¿Con el apoyo de la fuerza pública? ¿Cómo es que una idea como esa parece posible?
Si estuviéramos en la Venezuela de Chávez todas o casi todas las respuestas serían positivas. En la Colombia de Petro las respuestas, casi todas, serían negativas.
Igual ocurre con la eventual convocatoria de una asamblea constituyente. ¿Qué es lo que creen los que se asustan cuando alguien dice que Petro lo puede hacer dictando un decreto? ¿Qué todos los demás poderes saldrían a obedecer el mandato presidencial? ¿Qué si eventualmente se llegara a una votación para que “el poder constituyente” se manifieste diría mayoritariamente que sí? ¿Por qué es que una idea tan descabellada merece atención?
Entiendo que a algunos les sirva generar incertidumbre porque esa es su estrategia electoral para el 2026; entiendo que, no solo con esto, algunos jueguen a asustarse, pero no entiendo porque es que es importante buscar a alguien que tiene semejante teoría para entrevistarlo en un medio con una larguísima tradición de seriedad o que se convoquen foros con juristas serios para que debatan ideas que no tienen ningún sustento.
No, Petro no puede cerrar el Congreso, ni convocar una asamblea constituyente por decreto. No porque no lo quiera, no sé si sí o no, eso no importa, de quienes ejercen el poder siempre hay que desconfiar, ni porque jurídicamente le esté prohibido, sino porque está muy lejos de tener las condiciones para, si lo quisiera hacer, lograrlo.
Si, jugando un poco al delirante juego en el que decidimos entrar, el Presidente cayera en la tentación de hacer lo uno o lo otro, estaría más cerca de terminar preso, como el peruano Castillo que perpetuado en el poder como Chávez.
El sustico que parece haber invadido a ciertos sectores de la sociedad colombiana por las posibles arbitrariedades de Petro debería servir para recordarles, al menos a buena parte de ellos, que les parecía bien buscar un atajo para que Uribe se quedara, o justificar las violaciones de derechos humanos para derrotar a la guerrilla, o deslegitimar a los jueces acusándolos de politizados, o persiguiendo a la prensa y los opositores, que como dicen las abuelas “el mundo da muchas vueltas” y no siempre estamos en el mismo lugar. Por lo que, sin distinguir por afectos o empatías ideológicas, siempre, siempre hay que estar en contra del abuso del poder.
En el gobierno de Duque alcanzaron a tener conversaciones en el palacio sobre la posibilidad de aumentar el período uno o dos años, igual que lo piensan ahora algunos petristas, pensaron justificarlo con la unificación de los períodos de alcaldes y gobernadores, pero la idea no pasaba de ser una conversación de adolescentes con un par de copas de más. No tenía ninguna viabilidad.
Paradójicamente, cuando mejor funciona la democracia liberal es cuando logra impedir que el gobernante haga lo que se propone y, por estos días, en Colombia, parece estar funcionando muy bien.
