La violencia de género es un fenómeno multidimensional que afecta la vida de las personas al generar desigualdades, dolores y sufrimientos a raíz de cuestiones que pretenden distinguirlas por lo que dicta el sistema sexo/género. Un sistema que se caracteriza por imponerse como hilo conductor de los caminos que las personas deben recorrer y las elecciones que deberían tomar bajo los preceptos de unas normas sociales de género. En el mismo, se legitima el uso de la violencia como ejercicio de corrección y coacción para encasillar a las personas bajo lo que dichas normas dictan. La legitimación de la violencia como forma de corrección frente a los imaginarios y prácticas que se construyen al rededor del sexo/género, tiene efectos destrozos en sociedades como la colombiana. Lo hace, sobre todo, porque la violencia ha estado -históricamente- normalizada y se ha usado como principal recurso para la resolución de los conflictos en la vida política del país. 

En ese sentido, muchas autoras que han pensado el asunto de las violencias de género han expresado una preocupación constante frente al ejercicio de las mismas: el rol y la responsabilidad de los hombres. En la generalidad, las principales víctimas de la violencia de género –violencia patriarcal– son las mujeres y personas de la comunidad Lgbtiq+, mientras que los hombres, cisgénero y heterosexuales se erigen como los responsables de estos actos violentos. Es decir, son los victimarios de estos graves vejámenes; cuestión que es clara y evidente en las cifras. Pero, la distinción típica entre víctimas y victimarios se salta una serie de elementos valiosos para la comprensión de la violencia de género y las masculinidades. Creo que dichos aspectos ayudan a complejizar las discusiones que en redes y medios de comunicación se dan por estos días sobre el tema.  

Quisiera que pensáramos en las expresiones punitivistas que aparecen, en medios de comunicación y redes sociales, cada que ocurre un feminicidio u violencia de género asociada directamente a asuntos sexuales. Al revisar estas lecturas encontramos que una de las principales discusiones que contienen se relaciona con la localización de los hombres como sujetos universales causantes de la violencia de género. Idea que se asocia generalmente a teorías feministas de la dominación. En estas teorías, las violencias de género surgen como expresión coercitiva para volver al contrato social fundamental, el contrato sexual, donde las vinculaciones entre las personas se fundamentan en la dominación a raíz del sexo.

Así mismo, este contrato ubica la reproducción en cabeza de las mujeres y como asunto del ámbito privado. Al mismo tiempo, pone la producción en cabeza del hombre y en el ámbito público, que tiene (en ese entendido) una especie de valor superior. Por tanto, crea una desigualdad de derechos y prebendas donde los hombres son el sujeto universal acreedor de los mismos y las mujeres se ven adscritas a ser ciudadanas de segunda categoría. 

Dicha teoría, como lo reconoce Lina Céspedes, en diversos textos, ha generado una reflexión profunda sobre las desigualdades de género y ha permitido avanzar en la construcción de mecanismos para revertir estos ejercicios de dominación e inequidad. A la vez, esta idea ha creado una especie de esencialización sobre los cuerpos sexuados como femeninos y masculinos, donde se asume que -naturalmente- y por estar ubicado en uno de estos extremos se produce la posesión o no de estos derechos o posición de poder o subyugación. Lo que deja por fuera una serie de otros vectores como la clase y la raza que entran en tensión con esta asunción, ya que son matrices de dominación que pueden intervenir en las formas que se da dicha relación de poder. 

También, la forma en la que se plantea esta relación a través del binario hombre-mujer se vuelve problemática para explicar las violencias de género que sufren muchas personas pertenecientes a la comunidad Lgbtiq+ e incluso algunos hombres cisgénero y heterosexuales. De tal modo que impide ver el patriarcado como un problema estructural, que afecta la existencia de todas las personas en este mundo, aunque lo haga de maneras diferenciadas.  

Ahora bien, por estos días hay una discusión que se roba el protagonismo en los periódicos y el internet. Se trata de la reacción –antigua y desafortunada, por decir lo menos– de hombres que expresan en medios de comunicación y redes sociales que hay una persecución feminista en su contra. Y postulan argumentos como que los asuntos de violencia de género hacia las mujeres se tratan del accionar de “algunos hombres, no de todos”. Postulando una especie de teoría de “la manzana podrida” como respuesta a la naturalización que la relación víctima-victimario pone en cabeza de un sexo, el masculino. Ahí se inscriben narrativas como la de los “los hombres violadores son monstruos”, “los maridos maltratadores son malos hombres”. E incluso se generan discursos como “que los hombres acosadores son pocos hombres” o que son pocos los hombres que acosa. Presentando así, estos asuntos como la excepción y no la regla; desconocen la responsabilidad que se nos endilga ante este tipo de sucesos.

El problema de esta defensa es que se constituye como un ataque. Cuyo principal objetivo es negar la existencia de un factor estructural frente a las desigualdades y violencias de género. Al mismo tiempo, entiende mal la teoría feminista y ataca la asociación de la masculinidad al extremo relacional de victimario. Haciéndolo sin cuestionar la hegemonía sobre la que se ha construido la idea del género masculino. Sostienen, además, la idea que en todo caso no todos los hombres son así, que hay excepciones o que la excepción es realmente la que es expresada por aquellos causantes de estas violencias. Pero lo hacen sin evidencia científica y desconociendo el papel permisivo que todos hemos tenido antes las violencias de género.

Esta visión victimista, que acusa al feminismo de persecución, que aboga por excepciones mientras no se incomoda, ni cuestiona, no la podemos permitir más. El debate sobre las violencias de género es un asunto crucial que debemos abordar con altura como sociedad, porque nos está afectando cada vez de manera más profunda. Pero para dar debates serios, debemos asumir responsabilidades, incomodarnos, incomodar, cuestionar, y sobre todo, revertir las formas tradicionales de relacionarnos.  

Investigador comunitario y activista afrocolombiano con experticia en políticas públicas, investigación e intervención social. Ha enfocado su trabajo en asuntos de género, raza, cultura, juventudes, turismo, migración, salud sexual y reproductiva y masculinidades, especialmente en el Pacífico...