Woslher Castro, lider social y antropólogo especializado en políticas del cuidado con perspectiva de género.
Woslher Castro, lider social y antropólogo especializado en políticas del cuidado con perspectiva de género.

Recientemente, las palabras de Miguel Polo Polo, representante a la Cámara con una curul usurpada, han generado un profundo rechazo al referirse de manera discriminatoria a las Madres de Soacha y Mafapo que llevaron botas pantaneras al Congreso como símbolo de los llamados falsos positivos.

Polo Polo afirmó que estas “vinieron a ensuciar la Plaza Rafael Núñez” y “hacer apología” a las ejecuciones extrajudiciales de sus seres queridos. Con esta declaración, demuestra no solo ignorancia, sino desconexión con el dolor de miles de familias. Lo que él llama una “ensuciada” representa, para muchas madres y padres de jóvenes asesinados, una forma de expresar el duelo, la resistencia y la demanda de justicia.

 ¡La memoria no se Bota a la basura!

Estas botas pantaneras no son meros objetos; son un símbolo de memoria y de protesta. Cada par representa la vida de alguien que fue víctima de un crimen de lesa humanidad, un acto en el que se confabularon el silencio, el abuso de poder y la deshumanización en el gobierno de su mayordomo.

Que un representante político desprecie de esta forma el dolor ajeno es una prueba de las profundas divisiones sociales e institucionales que persisten en nuestro país.

Mi madre siempre me ha dicho: “Hijo, las palabras tienen poder“. Y con sus declaraciones, Polo Polo desestima el simbolismo de las botas pantaneras y, al hacerlo, devalúa la memoria de los 6.402 jóvenes asesinados bajo el mando del reconocido Matarife.

Este espécimen producto del incesto y endogamia, en lugar de ver en estas botas la dignidad de una lucha que exige justicia, prefiere encasillarlas como una afrenta y negar la voz de las víctimas. Este tipo de descalificación es una falta de respeto que hiere la sensibilidad de un país que lleva décadas soportando el dolor de la violencia y el conflicto armado y que hoy sigue luchando por reconocer y sanar esas heridas.

Son 16 representantes a la cámara por circunscripción de paz. Ninguno ha dicho nada, guardan un silencio parecido a la estupidez.

Las botas pantaneras no “ensucian” la Plaza Rafael Núñez, por el contrario: la dignifican y nos recuerdan a todos que en ese espacio deben tener lugar las voces de quienes exigen justicia y memoria. Son un símbolo de resistencia y duelo, de la capacidad de las víctimas para mantener la lucha viva, incluso frente a la negación oficialista.

Más grave aún es la carga de revictimización que Polo Polo impone con sus palabras, al ridiculizar la protesta de estas familias y poner en duda la legitimidad de sus actos, lo que perpetúa la idea de que hay vidas que valen menos y reclamos que son menos legítimos. Así, actitudes como esta dividen a la sociedad en clases: una que merece respeto y protección, y otra que debe permanecer silenciada y contenida.

El canalla de Polo Polo no solo deshumaniza a las víctimas, también normaliza una cultura en la que la violencia se naturaliza y en la que las víctimas son, en última instancia, responsables de su propio dolor.

En un país con una historia de desigualdad tan marcada, es imprescindible que los líderes políticos sean conscientes de la repercusión de sus palabras y de su deber de construir puentes, no muros.

La revictimización que Polo Polo socava transmite el mensaje de que quienes sufren no tienen derecho a expresarse ni a recordar a sus muertos de forma pública. Esta postura, lejos de representar un interés por la justicia, refleja una visión elitista y distante que poco se compromete con los principios de igualdad y reparación.

Por lo anterior, expreso mi más vehemente rechazo a las declaraciones del representante Polo Polo y la avalancha de impotencia que invade mi ser. No solo demuestran una indolencia insensible hacia el sufrimiento de miles de familias, sino que también consolidan un modelo de país en el que algunos tienen derecho a la memoria y otros, en cambio, deben ocultarla. Este desprecio hacia las víctimas y sus formas de duelo muestra una peligrosa carencia de humanidad en quienes ocupan cargos de poder, lo cual agrava las brechas sociales y legitima la violencia institucional.

Es hora de exigir que los representantes públicos actúen con responsabilidad y conciencia. En lugar de despreciar la protesta y deslegitimar la memoria, deberían apoyar el derecho de todos los colombianos a recordar y exigir justicia.

Hasta que los más vulnerables no puedan expresar su dolor con dignidad, no podremos hablar de un país verdaderamente reconciliado y en paz.

Es líder social y presidente de la organización Jóvenes Empuja. Estudió antropología y una especialización en políticas del cuidado con perspectiva de género. Sus áreas de interés son el trabajo comunitario con población afrocolombiana e indígena en el Litoral Pacífico Caucano, las dinámicas...