Este es un espacio de debate que no compromete la opinión de La Silla Vacía ni de sus aliados.
La lluvia puede representar emociones y sentimientos, algunas asociadas con acciones poéticas, otras con la esperanza natural de producción de cosechas, e incluso con la misma naturaleza humana en cuanto a la relación de agua y la vida.
En alguna etapa los niños, niñas y jóvenes consideraban la lluvia como el momento adecuado para jugar y recrearse, en esta medida, la lluvia representaba la integración y la invención en clave de imaginación lúdica.
Al parecer, la idealización de la lluvia en algunos sectores de las ciudades principales de la costa caribe desnaturalizaron las emociones del juego y de la acción poética ensimisma. Así como la lluvia tiene niveles de intensidad, también se presentan alteraciones en el cambio de ánimos asociadas con la representación de poder.
Las lluvias torrenciales, tormentas eléctricas, vendavales y demás riesgos de la naturaleza aparecen como panorama predispuesto para cambiar la naturaleza pasiva de algunas personas en polígonos georreferenciados, donde las barreras invisibles son el común denominador para gestar batallas y citar combos para imponer supremacía territorial.
En Barranquilla hace más de 20 años se viene naturalizando que la lluvia y la violencia han estado unidas, sincronizadas bajo situaciones conflictivas y de desviación social. Las manifestaciones han variado en medio de saltos temporales, como vemos en la siguiente imagen:

La simbología de lluvia se anuncia como una crónica, un trueno, un rayo, quizá un cielo nublado, se manifiesta como la ceremonia previa para alistar un encuentro donde el conflicto es la acción común.
Los primeros gritos son la previa, como le llamaríamos en las guerras de la edad media, para alertar al enemigo y, en consecuencia, sus pobladores cierran prematuramente sus negocios y sus hogares esperando una lluvia alterna, esta vez de piedras y palos.
La naturalización de este fenómeno ha hecho que las acciones de violencia sean crecientes y cada vez con una mayor letalidad.
Los jóvenes, entre ellos muchos menores de edad, transitan por situaciones complejas (hogares disfuncionales, falta de orientación psicosocial, poca oferta educativa y formativa, círculos de pobreza, carencia de ingesta alimenticia, entre muchas más), facilitando la vinculación de bandas juveniles a subestructuras del crimen organizado.
El fenómeno social de las pandillas sigue mutando, convirtiéndose en una patología social progresiva. Según el diario El Tiempo del 27 de junio 2023, “el Distrito de Barranquilla tiene varios estudios sobre la caracterización de estos grupos. En la ciudad se estima que hay más de 100 pandillas –conformadas por unos 3.000 jóvenes, de entre 12 y 18 años– algunas ya conectadas con bandas de microtráficos y de delincuencia común, lo que las hace más peligrosas”.

Las manifestaciones en el crudo respaldo de la lluvia han permitido formalizar imaginariamente espacios, corredores, parques, con líneas imaginarias en las que pasar el límite es una invitación al combate, a la batalla por respetar sectores y, por supuesto, por establecer conductas de poder.
En tal sentido, la reconfiguración de estas pandillas es casi permanente, pueden incluso complementarse apoyos entre sectores circunvecinos, lo que puede conducir al auspicio de grupos o estructuras del crimen organizado para aumentar el número de desestabilizadores del orden público para fines ejemplarizantes a través del terror.
La relación causal existente entre la lluvia y la violencia en sectores mayormente vulnerables refleja desde aspectos psicológicos hasta manifestaciones comportamentales, donde el valor del más fuerte es impuesto como requisito no solo para probarse, sino para mantenerse.
Es decir, una función de representación simbólica donde se desarraiga del miedo y se actúa de manera poderosa para cuidar a la pandilla, la cual puede considerarse como una familia, como un núcleo de protección y de sostenibilidad.
Ahora bien, la adaptación en estos circuitos sociales es absolutamente influenciadora. El núcleo principal de las pandillas gira alrededor de excesos, algunas veces asociadas con la promiscuidad, como síntoma de dominación y poder económico.
También gira al rededor de la emulación para tratar de convertirse en pequeños capos locales, lo que demuestra una desviación asociada al poder fáctico de las decisiones: que se hace, que se quiere y que se tiene, es una conducta potencialmente asociada a ultimar operaciones del delito.
Sumado a lo anterior, la transformación de la pandilla actual gesta su accionar en la coordinación de operaciones, el cual implica estar en un nivel de interlocución entre miembros de estructuras y subestructuras, lo que conlleva una relación transaccional del mercado de rentas ilegales.
Esto de alguna manera potencia el crecimiento de bandas locales como medio y fin para la facilitación de recursos. El crecimiento de las pandillas no es solo en número de participantes, es algo mucho más preocupante y se condensa en la mirada rápida para mejorar condiciones de vida a costa, incluso, de la vida misma.
A manera de conclusión, esta situación de anomia social, de batallas campales, que ocurre frente nuestros ojos, ha cobrado la vida de muchos jóvenes en Barranquilla, que se denomina capital de vida. No es un lugar seguro, ni de oportunidades para las y los jóvenes.
No hay políticas de solución, ni interés en las autoridades por intervenciones pedagógicas, acompañamiento e incluso sanción.
La lluvia debe ser sinónimo de vida, no de muerte, las gotas deben ser el verdadero símbolo de la naturaleza para apaciguar el clima, para mejorar todo un ambiente de emociones y sentimientos, no es el espacio para plantear conflictos ni para determinar oscuras intenciones para dañar a terceros.
La lluvia debe ser la inspiración que mantenga sólida la esperanza y el buen vivir.

