Este es un espacio de debate que no compromete la opinión de La Silla Vacía ni de sus aliados.
Parece inconcebible hablar hoy en día de moda sin hablar de sostenibilidad, pero la realidad es que estamos aún muy alejados de lograr la sostenibilidad ambiental en el sector. La consultora McKinsey encontró que dos tercios de las marcas no cumplirán sus objetivos ambientales. En vez de reducir, el sector moda continúa aumentando sus emisiones de carbono por el uso de fibras a base de combustibles fósiles y porque desechamos alrededor de 5.8 millones de toneladas de textiles al año.
La producción y consumo lineal (extraer – producir – usar – desechar) y una mano de obra de bajo costo en países con bajas normativas laborales y ambientales, han facilitado una reducción en el precio de vestuario de hasta un 30% entre 1996 y 2018 en relación con la inflación en la Unión Europea. Compramos ropa desechable.
“El modelo de negocio de la industria de la moda se basa en persuadir a los consumidores para que compren continuamente nuevas tendencias. La constante publicidad digital y el uso de las redes sociales también han contribuido. La evidencia muestra que en el 63% de los casos, la ropa se desecha debido a un ajuste deficiente y al valor percibido, en lugar de la calidad real de la prenda”, muestra Zero Waste Europe.
Pensemos en reparar y reutilizar
Cuando hablamos de sostenibilidad ambiental, la discusión se centra cada vez más en la necesidad de transitar hacia la economía circular. Lograrlo requiere un rediseño transversal del sistema moda.
La economía circular exige que todo producto esté diseñado para la durabilidad, reparación, reutilización y reciclaje textil a textil, sus materiales y procesos no polucionen y se elimine el desecho de materiales. Desarrollar innovadores procesos circulares crearía nuevas oportunidades de negocio y reduciría la demanda de recursos para permitirnos regresar a los límites planetarios.
La clasificación, reparación, reutilización y adecuación para un reciclaje textil es un ejercicio manual que requiere nuevas habilidades y conocimientos profesionales; una oportunidad para instituciones como el Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena). Se estima que una empresa dedicada a la clasificación de productos textiles podría crear entre 20 y 35 puestos de trabajo por cada 1.000 toneladas recogidas (Comisión Europea) y el Plan de Acción para la Economía Circular de la UE observó un incremento del 5% en puestos de trabajo relacionados con la economía circular entre 2012 y 2018.
En Colombia, Closeando procesa más de 80 toneladas de prendas al año. Estas son clasificadas de manera manual por tipo de prenda y calidad. Muchas no cumplen con los altos estándares de calidad debido al desgaste, malos olores y manchas, comenta Edwin Alvarado, cofundador de Closeando y Loopa & Zero. Esto no solo evidencia la mala calidad de las prendas, también el poco cuidado que les damos en el uso diario. Al no poder ser reparadas ni reutilizadas, son incineradas como aprovechamiento energético.
En Colombia hemos visto un crecimiento en la venta de ropa usada, desde Closeando o GoTrendier con prendas de moda rápida y otras en buen estado, hasta influenciadoras como Eleonora Morales o Bettina’s Closet, enfocadas en prendas de diseñadores. Y han surgido talleres de costura como Atemporal donde le dan nuevos usos a la prenda por medio del upcycling. Pero sigue sin ser suficiente. Alvarado comenta que aún falta educación para potenciar la venta de estas prendas en Colombia y dejar atrás mitos y creencias.
¿Y las prendas donadas?
La capital de Ghana, Accra, recibe cada día más de 160 toneladas de ropa proveniente, en su mayoría, de la UE y Estados Unidos. Aunque este mercado es importante para la economía del país, el impacto negativo sobre el medioambiente y su cultura es mucho mayor a los beneficios financieros.
Debido a la cada vez peor calidad de las prendas y fibras provenientes de combustibles fósiles, Accra se enfrenta a montañas de más de 20 metros de altura de ropa desechada, contaminando el suelo, aire y agua y deteriorando la industria textil local, de gran importancia cultural.
Accra no es la única perjudicada. Se estima que entre el 30 y 40% de la ropa de segunda mano que llega a Nairobi, Kenia no se puede vender debido a la pésima calidad según Greenpeace. ¿Por qué no poner un límite a las importaciones de estas prendas? Ester Xicota explica que se trata de una estrategia de geopolítica. En Latinoamérica el problema de la ropa desechada al aire libre se evidencia en el Desierto de Atacama, Chile.
Sin reducir y repensar no hay sostenibilidad ambiental
Los bajos precios de prendas de segunda están impulsando la compra de más ropa usada por poco tiempo, la cual también finaliza en rellenos sanitarios: la reparación y reutilización no logrará el impacto esperado sin una urgente y drástica reducción en la compra.
Pero no solo es la adquisición de prendas, usadas o nuevas. Muchas marcas ven la incineración como una solución a su hiperproducción para “mantener la imagen, estatus y precios de la marca, entre otros, para evitar vender a menor precio y garantizar la exclusividad en las marcas de lujo”. La incineración no solo es una práctica común en diseñadores, entre el 2013 y 2017, H&M incineró 60 toneladas de ropa no vendida. En promedio, el 30% de la ropa producida no llega a las tiendas.
El incremento de las compras en línea también trae nuevos retos. La devolución gratuita incentiva a pedir múltiples productos para, de esta manera, probar diferentes tallas y estilos y luego devolver los no deseados. Varios minoristas destruyen los productos devueltos.
La responsabilidad de reducir no solo es de las marcas, también de nosotros como compradores. Reducir es parte fundamental de un estilo de vida sostenible.
Debemos reconfigurar nuestros hábitos de compra y priorizar la calidad (no cantidad), la reparación, compra de prendas de segunda o alquiler y entender que tenemos un nuevo rol al convertirnos, dentro de la economía circular, en un proveedor de materia prima al facilitar el cierre de ciclo de cada producto. Si como marcas y compradores no estamos dispuestos a hacer los cambios necesarios, ¿qué sentido tiene hablar de sostenibilidad?

