Andrea Mejía Fajardo, diseñadora de moda, periodista y magíster en ciencia política de la Universidad de los Andes.
Andrea Mejía Fajardo, diseñadora de moda, periodista y magíster en ciencia política de la Universidad de los Andes.

En Parkersburg, Virginia (USA), todo comenzó a girar alrededor de la industria química cuando en 1948 DuPont instaló su planta incentivando la inversión, nuevos puestos de trabajo, escuelas, hospitales y todo lo que la pequeña población necesitará para prosperar.

Todo comenzó a cambiar cuando en 1998 el granjero Wilbur Tennant observaba cómo a sus vacas les salía “la sangre de sus narices y bocas” a causa de una posible enfermedad que ni él ni el veterinario lograban identificar. Pronto Tennant comenzó a sospechar que la causa provenía de DuPont.

¿Cómo demostrar que la empresa propietaria de su pueblo era responsable de lo que les ocurría a sus vacas? No tardó en convencer a Robert Billot, abogado ambientalista de grandes corporaciones, en tomar el caso.

Luego de una larga batalla legal, de mucha paciencia y persistencia, Billot obtuvo cientos de documentos donde halló las pruebas necesarias para demostrar lo temido por Tennant: las vacas morían a causa de los químicos vertidos en el agua por DuPont, algo que “sabían desde hacía mucho tiempo”.

Retrocedamos unos años: en 1938 el doctor Roy J. Plunkett inventó el teflón, este nos permite hacer un huevo frito sin pegarse de la olla y que nuestra chaqueta sea impermeable. En 1951 DuPont comenzó a adquirir Pfoa (ácido perfluorooctanoico) a 3M, la empresa de innovación y tecnología con más de 100.000 patentes hoy, necesario para fabricación el teflón.

Para 1981 ambas empresas conocían en detalle los riesgos para la salud y medio ambiente de los Pfoa y una década después, DuPont tenía certeza que la exposición a estos químicos podía causar cáncer de testículos, páncreas, próstata e hígado.

Y aunque las instrucciones de DuPont especificaban no verter estos químicos en el agua, “durante las décadas siguientes, DuPont bombeó cientos de miles de libras de polvo de Pfoa a través de las tuberías de desagüe de las instalaciones de Parkersburg hacia el río Ohio”, llegando al agua potable que abastecía a más de 100.000 personas.

Se estima que existen unos 60.000 productos químicos sintéticos creados, producidos, distribuidos y liberados en el mundo sin ningún tipo de supervisión ni regulación.

¿Representa la moda un peligro?

“He sufrido de lo que ellos echaron en esos uniformes. Mi vida está arruinada. Mi esposo me dejó por una mujer más joven, más bonita. Mi hígado está dañado, mi corazón está dañado. Estoy muriendo. No puedo hablar de esto. Simplemente no puedo. No puedo volver a esa experiencia una vez más.” Fue la muy breve conversación entre Alden Wicker, autora del libro To dye for y la primera mujer en denunciar en ser envenenada por su uniforme de Alaska Airlines.

Wicker notó que los uniformes de las diferentes aerolíneas denunciadas tienen en común ser repelentes al agua y manchas, son antiarrugas, antifúngicos y antiolor en brillantes colores, creando, al parecer, “una potente combinación” de tóxicos.

¿Pueden nuestras prendas afectar nuestra salud? Los diagnósticos de sensibilidad química múltiple (SQM) han incrementado en un 300% mientras la autoevaluación de sensibilidad química en un 200% durante la última década en Estados Unidos. Algunos síntomas de SQM son migrañas y asma, y se pueden desarrollar intolerancias a las fragancias artificiales.

Desde pequeña, Victoria González experimentó alergias en su piel con ciertos materiales presentes en los accesorios, un brote que empeoraba cuando estos desprendían un fuerte olor. Más adelante, su piel comenzó a reaccionar a las bandas elásticas de la ropa interior (una tortura para ella) y, cuando los zapatos se desgastaban y había algún resto de pegante, no los podía volver a usar. “Los jeans que olían muy fuerte me irritaban y no resistía el contacto de los zapatos que tuvieran algún tipo de broche” y ¡ni hablar de los cosméticos!

Debido a la falta de respuestas médicas, más allá de una tendencia de dermatitis y piel atópica, Victoria aprendió a leer su propio cuerpo, a reconocer qué fibras y materiales vestir o qué tipo de productos de cosmética tolera.

Metales y químicos tóxicos en nuestras prendas

El sector moda es una industria de 2,5 billones de dólares, donde todas las marcas, sin excepción, “han sido culpables de vendernos prendas tóxicas” (Wicker).

El Centro para la Salud Ambiental (CEH, 2009) investigó los ingredientes presentes en cientos de artículos de moda en búsqueda de metales. No tardaron en confirmar su mayor temor: las marcas producen y comercializan accesorios “con altos niveles de plomo”.

Este metal empleado desde la prehistoria “puede causar efectos permanentes e irreversibles en la salud en pequeñas dosis” (OMS) como tumores malignos y problemas de salud reproductiva, hipertensión arterial, daño renal y efectos contraproducentes en mujeres embarazadas. “No se conoce ningún nivel de plomo en el que no haya efectos nocivos”.

En los textiles, el plomo se emplea para estabilizar los procesos de tintorería, en especial los colores vivos, pero también para la fabricación de accesorios. En el 2022, el CEH encontró en el 27% de los accesorios de dos marcas de muy bajo costo tres veces más los niveles permitidos de plomo por la Comisión de productos seguros de consumo (Cpsc por sus siglas en inglés).

El plomo no es el único componente tóxico en nuestras prendas. El Environmental Working Group (EWG) analizó la presencia de flúor y algunos Pfas (se estima que existen alrededor de unos 5.000) en 60 artículos textiles resistentes a las manchas y al agua. En 35 productos encontraron niveles de flúor superiores a 100 partes por millón (ppm). De esos, tres cuartas partes contenían Pfas de cadena larga, prohibidos por la Unión Europea y EEUU En el 28% hallaron Pfoa. 

Los Pfas-cadenas de carbonos perfluoradas químicamente sintetizadas- son empleados en una gran variedad de productos de uso diario: empaques de alimentos, cosméticos, productos de aseo del hogar y personal y textiles.

Conocidos como químicos eternos al no descomponerse, tienen una alta demanda en el mercado por permitir características en los textiles como no requerir planchar o antifluído. ¿El problema? Interfieren con la función inmunitaria, endocrina, el desarrollo de las mamas y son cancerígenos. ¿Recuerdan los tapabocas durante el Covid-19? Muchos de nosotros nos protegimos de ser contagiados, pero durante meses inhalamos Pfas.

Y, debido a la falta de regulación internacional, la historia de Parkersburg se repite a nivel mundial al identificarse cerca de 30.000 sitios de posibles descargas de Pfas en fuentes de agua.

Estos son, además, disruptores endocrinos con la capacidad de provocar “efectos adversos para la salud” entre ellos “múltiples trastornos reproductivos en hombres y mujeres, así como en cánceres, trastornos del neurodesarrollo y obesidad” (OIT), incluso en bajas dosis.

En el 2007, un estudio a 65 empresas del sector textil-confección en España, identificó “el uso de 500 productos químicos y cerca de 300 sustancias diferentes.” De estas, 17 disruptores endocrinos empleados en procesos de “preparación de fibras, pretratamiento, urdimbre, lavado, tintado, encolado, preparación de tejidos, acabados, control de calidad y mantenimiento”.  

¿Y los colores? Tener una gama de colores sin fin, resistentes al uso, sudor, luz, jabones abrasivos y constantes lavadas en nuestros hogares, se logra por medio de los tintes AZO -hidrocarburos aromáticos. Estos “liberan aminas aromáticas cancerígenas, muchas de las cuales están prohibidas en la UE para prendas de vestir”.

En el 2023, Victoria fue diagnosticada con un cáncer de origen endocrino ¿Podría estar relacionado con lo que viste? Una pregunta necesaria para los médicos.

Lea aquí la segunda parte: La salud es un tema de género: tinturas tóxicas en los textiles

Lea aquí la tercera parte: El rol de la economía circular en la transformación de la industria textil

Diseñadora de moda, periodista y magíster en ciencia política de la Universidad de los Andes. Apasionada de la economía circular y responsable de la investigación, capacitación, comunicación, entre otros, relacionados con la economía circular en los sectores de moda, construcción, plásticos...