Las imágenes de los inmensos pilotes del Metro de Bogotá alrededor de la avenida primera de mayo han generado una discusión sobre la estética del desarrollo de la ciudad, y sus implicaciones económicas y sociales. En personas cercanas al petrismo ha provocado una oleada de reacciones sobre la inconveniencia del metro elevado y su impacto mayor en barrios pobres, mientras que en grupos afines al alcalde Galán ha generado alivio por el avance rápido y visible de la obra.
Para discutir sobre las implicaciones de la construcción del metro elevado, y ubicar esta discusión en el marco histórico más amplio del crecimiento vertical de la ciudad en el siglo XX, la Silla Académica entrevistó a Germán Montenegro Miranda. Es profesor del departamento de Arquitectura de la Universidad Javeriana y autor del libro La dimensión vertical de la metrópolis, surgimiento y evolución de los edificios altos en Bogotá, 1920-2017, una novedad editorial de la Universidad.
La Silla Académica: En redes sociales hay un intenso debate alrededor del impacto económico y estético del Metro de Bogotá. ¿Qué efectos tendrá esta obra en el crecimiento vertical de la ciudad que usted tanto ha estudiado?
Germán Montenegro: En términos espaciales, el metro es una obra que ocupará un espacio vacío que hay entre edificios. Además, no sólo será una infraestructura, recordemos que durante el tramo de la Caracas va acompañada de Transmilenio, lo que implica doble impacto de ruido, polución, congestión y también doble presencia que llena el espacio de la calle, que vale la pena decir no es tan amplia.
Eso va a tener distintos efectos en esas áreas circundantes. Va a valorizar muchas de estas áreas, lo que a su vez llevará a que se quieran construir más edificios y desarrollar esos bordes. Eso va a generar un círculo de mayor densidad urbana alrededor del metro. pero a largo plazo, cuando se noten los efectos del impacto en sus bordes, se va a venir abajo el interés y desde luego el valor.
Ejemplos de ello ya se han visto en la historia Bogotana, como lo que paso con la aplicación de la carrera 10 en los años 50 del siglo pasado. Inicialmente, esta avenida se vio colonizada por edificios de cierto prestigio, pasadas escasas dos décadas ya se empieza a ver un eje con el desarrollo inmobiliario paralizado y estigmatizado por la inseguridad y el deterioro. Ver la película Gamín, de Ciro Duran (1977).
Pero también va a cambiar la valorización de los edificios según su altura respecto al metro. Los pisos que estén por encima tendrán mayores costos por la vista y el relativo aislamiento. Pero también va a afectar a los que estén debajo o paralelos al metro, que se van a devaluar por sus afectaciones de luz, ruido, etc.
Ahora bien, el debate sobre si el metro debería ser elevado o no, hoy día no tiene sentido. Es innegable que ya es un hecho dado, que no se va a demoler. Lo que queda discutir ahora seria, cómo resolver las nuevas edificaciones que se implanten en los bordes, con tal de reducir los impactos y evitar la pronta devaluación, como sucedió en la carrera decima.
Por ejemplo, se deberían prever aislamientos más severos y en proporción con la altura. También deberían aportar más espacio público, así sea debajo del edificio o en terrazas sobre él, en fin, producir innovaciones espaciales adaptadas a la situación.
Es decir, no pensar en el típico bloque con puerta en el primer piso y un gran acumulado de apartamentos, sino en infraestructuras, por ejemplo, que vacíen los primeros pisos (los que quedarán bajo el metro) y darles usos más interesantes.

Estoy seguro que se puede lograr una diversificación espacial en la parte baja, que aporte la calidad similar a la de las torres bogotanas construidas en los años 60 y 70. Aun se pueden apreciar diseños que se atrevían a extender el espacio público en los primeros pisos (los que quedarán frente al metro), con pasajes, plazas, galerías, o en terrazas, con usos diversos en torno a espacios amenos. Recuperar la lógica justa es otorgar más espacio público en la medida que sube en altura.
Que el crecimiento de los edificios en altura este directamente relacionado con la lógica comercial y de interés privado, no es nuevo. Cada quien tiende a sacar el mejor provecho a su propiedad, Aunque no haya conciencia urbanística ni ilusión por una ciudad de calidad estética y habitacional, la ley de urbanismo establece que prima el bien general sobre el particular. Debido a la gran presencia de los edificios altos en el paisaje, el crecimiento de la ciudad vertical debería ser un problema público.
La Silla Académica: ¿Qué tipo de planteamientos se han perdido por esa lógica comercial?
Germán Montenegro: En publicaciones de la primera mitad y mediados del siglo XX se veía una preocupación por plantear edificios considerando una proporcionalidad entre la altura y la distancia que debía guardarse con relación a las edificaciones vecinas. La altura de un edificio se planteaba para garantizar un generoso espacio verde alrededor y proveer vista, ventilación y asoleamiento al interior.
Principios que surgieron de la carta de Atenas (1932-1942) o del Zoning Neoyorkino (1916) que aquí tuvieron gran incidencia.

En algunos documentos se intentaba definir con precisión esa medida, y, por ejemplo, se decía que si un edificio tenía diez pisos, un tercio de esos diez debía ser el mínimo de ancho que debería existir frente a otro predio, es decir, unos tres pisos. Como a eso se sumaba el tercio del edificio continuo, la distancia total era de seis pisos para garantizar visualización y privacidad.
Pero creo que hoy quienes cumplen estos principios consiguen buena arquitectura para las elites. El estreñimiento espacial se hace más severo en la medida que bajan los recursos económicos de la demanda. También, en esta medida se pierde la calidad habitacional, pues la eficiencia del diseño termina tasada por la eficiencia, la estandarización y el espacio mínimo posible, con resultados espaciales muy pobres.
La Silla Académica: ¿Qué ejemplos en Bogotá muestran una apuesta más interesante de construcción vertical de edificios?
Germán Montenegro: Por ejemplo, el Centro Urbano Nariño cuyas torres flotan entre gran verdura, o las Torres del Parque, diseñadas por Rogelio Salmona, o el Parque Central Bavaria. En general donde se han dejado espacios públicos notorios entre edificios de determinado tamaño. El Parque Bavaria esta atravesado por un parque bien arborizado, que hace que las torres no se vean tan juntas.
Igual sucede en Ciudad Salitre, Ciudadela Colsubsidio, Pablo Sexto, y otros por el estilo, que dejaron porciones de espacio público acordes a la cantidad de edificación. Cuando se recorren estos lugares es innegable sentir el cambio.

La Silla Académica: ¿Qué ejemplo reciente hace todo lo opuesto?
Germán Montenegro: Pienso, por ejemplo, en el edificio que construyeron recientemente detrás del Hospital Mederi, en carrera 30 con av. De la Américas. No se entiende por cómo obtuvo una licencia de construcción, porque es un proyecto que forra literalmente el lote sin el lote con una plataforma y después con un bloque desformado de 30pisos.
La mole además de tapar la perspectiva de los cerros a la avenida de las Américas, no aporta nada al espacio público existente, en un área de por sí muy congestionada por el funcionamiento del hospital. E irónicamente contiguo al CAD Centro Administrativo Distrital y al Consejo de Bogotá, donde están quienes deben velar por una mejor ciudad.

La Silla Académica: Usted describe en el libro tres periodos de crecimiento vertical de la ciudad. ¿Cómo se fue transformando la ciudad hacia arriba?
Germán Montenegro: Hasta la segunda década del siglo XX, las torres y cúpulas de iglesia habían sido las únicas en sobresalir del perfil homogéneo y horizontal de Bogotá.

Eso cambió lentamente en los años 20s, con un primer momento de verticalización, entre 1920 y 1950, caracterizado por edificios que en su momento simbolizaron las máximas cotas de altura: el edificio del hotel Manuel Peraza, con ocho pisos —el más alto en 1927—, y la sede del Banco Agrario, de trece pisos, en 1948. Un crecimiento que se dio alrededor de la avenida Jiménez y la carrera 7ma.
La avenida Jiménez fue la de mayor importancia en verticalización por sus conexiones con el aeropuerto de Techo y con las vías ferroviarias, que conectaban con la región y el mundo. Este es un tiempo en el que la ciudad creció a la par con los edificios. Entre 1913 y 1936, el área que ocupaba la ciudad pasó de 570 a 1.031 hectáreas edificadas, mientras que alcanzó 2.477 hectáreas entre 1936 y 1954.
Como describo en el libro, fue después de la destrucción parcial de la ciudad con El Bogotazo (1948) que arrancó un notable crecimiento de edificios altos, por ejemplo, el Henry Faux (1945), de diez pisos. El residencial El Nogal (1948), de nueve pisos, el Hospital San Carlos (1948), de nueve pisos, y la unidad quirúrgica del Hospital San Juan de Dios (1950), de trece pisos.

La ciudad empezó a reflejar los modelos urbanísticos de influyentes arquitectos como Le Corbusier, quien planteaba en los diseños de la Ville Radieuse (1922) o la Ville Contemporaine (1928) una idea de la centralidad de la ciudad alrededor de edificios verticales, lo que permitía distinguir un cuerpo edificado diferenciado de la periferia por la densidad de habitantes e infraestructuras.
La Jiménez siguió creciendo, y empezó a ser colonizada por los hoteles, edificios empresariales, bancarios, de seguros y para oficina de renta, conformando la primera centralidad del capitalismo moderno. Prontamente, otros nodos de verticalización fueron reproduciéndose a lo largo de las avenidas principales hacia el norte: centro internacional, Ecopetrol, Chapinero, Calle 72, Calle 100, etc.
La Silla Académica: Usted habla de un segundo periodo de crecimiento vertical de la ciudad entre 1950 y 1990, que describe como auge y caída de las torres. ¿Por qué lo llama así?
Germán Montenegro: Hay un primer momento de auge, entre 1950 y 1970, con una escalada de verticalización que empieza con los edificios del Hotel Tequendama (1953), de dieciséis pisos, y las Residencias Colón, los primeros bloques en emerger en torno al Parque del Centenario, en el borde norte de la ciudad Colonial. Entre 1950 y 1970 la altura máxima paso de 14 a 50 pisos.
En este periodo, la mancha de verticalización se fue expandiendo del centro hacia el norte de la ciudad, en forma lineal y paralela a las montañas, y se fijó entre urbanizaciones de altos ingresos, planeadas originalmente en grandes lotes, baja densidad y casas de dos pisos de altura. La ciudad pasó de tener 1.290 hectáreas en 1951 a 9.100 en 1978.
Como cuento en el texto, en ese periodo se construye la torre Colpatria (1979), de cincuenta pisos, edificio que ostentó la máxima altura en Colombia hasta entrado el presente siglo. También se construyen otras torres con máximas alturas, asociadas a grandes grupos económicos, como las torres del Banco de Bogotá (1958), Bavaria (1963), Avianca (1969) y del Centro de Comercio Internacional (1974).

Así mismo, los residentes de los edificios modernos en altura reaccionaron a la percepción de inseguridad derivada de la cantidad de grupos sociales que carecían de trabajo y propiedad. El resultado fue el confinamiento a través de rejas, las cuales transformaron las viviendas en un sistema auto segregado que ganó fuerza generalizada para responder (con el encierro) al miedo contra la inseguridad.
Es el caso del espacio abierto del centro urbano Antonio Nariño, que había funcionado según los principios modernos que permitían el acceso sin restricciones en un espacio público abierto, fluido y continuo. Este dejó de funcionar para cerrarse desde que se construyó la portería y el cerramiento en los años ochenta.

Ese periodo se cierra con la posterior crisis económica del petróleo en los setenta y la deuda externa latinoamericana en los ochenta, trayendo el aumento de los precios de los materiales de construcción, lo que hizo menor construir en gran altura, por lo que, en esa década hubo un declive de los rascacielos, el último fue la segunda torre del Hilton, para entrar en una etapa de construcciones alrededor de los 12 pisos.
La Silla Académica: Esto nos trae al presente, el periodo urbanístico que arranca en los 90s y se prolonga hasta la actualidad, y que usted describe como una nueva reconquista del cielo.
Germán Montenegro: Ese inicio de los 90 coincide con la apertura de los mercados globales y el debilitamiento del Estado que supone todo un momento de empoderamiento de los privados. En la construcción de edificios, la rentabilidad siempre ha sido una realidad, pero en este periodo se hace más intenso ese ángulo del negocio lo que le quita margen al crecimiento organizado de la ciudad.
Ya no es el taller de arquitectura, el experto que resuelve los temas, sino es el empresario conectado al sistema financiero con unos componentes de mercadeo el que plantea el desarrollo de un edificio.
A eso se suma que aparecen grandes conglomerados empresariales asociados estratégicamente por proyecto, lo que implica un incremento en la participación extranjera con gran capacidad para de inversión, dependiente del capital global. Así aparecen los rascacielos, que cobraron un impulso poderoso después del 2010 al superar las máximas alturas predominantes. Es el caso del bd Bacatá (2017), de sesenta y seis pisos, y las torres Atrio, de cuarenta y cuatro y sesenta y siete pisos respectivamente.
Las torres Atrio, por ejemplo, representa el proyecto de talla mundial, que podía estar en cualquier otra metrópolis del mundo desarrollado. Su esquema de producción comprometía arquitectos en Londres y Bogotá, con constructores en otras partes del mundo. Las ventanas vinieron de Italia, las vigas naranja de Canadá. El diseño y luego el proceso de construcción se trabajo en un sistema BIM (Building Information Modeling), que permitía conjugar e trabajo de varios agentes en diversas partes del mundo.
Es un ejemplo de edificio globalizado: se pensó en una oficina en Londres, gestionó materiales en distintas partes del mundo, y usó trabajadores locales. La obra se supervisaba con drones y en llamadas virtuales entre inversores de todo el mundo.

En el caso de la Torre Bacatá, son ampliamente conocidas las anécdotas sobre el deficiente funcionamiento, a parte de haber agotado los recursos si haberlo terminado. Atrapados en los ascensores, por la bajas de electricidad, solo funciona una parte mientras que una de las dos torres esta desocupada.
A pesar de tener las licencias de construcción justificadas aún no se entiende por qué esta ese edifico ahí. Un proyecto que debió responder al tratamiento de renovación urbana, no solo por la prescripción del plan de ordenamiento, sino por su envergadura e impactos que genera en el entorno de calles estrechas de ciudad tradicional. Los promotores norteamericanos, españoles y colombianos, se entusiasmaron con la idea de implantar el mas alto de Colombia, obviamente buscar rentabilidades, sin tener en cuenta precisamente los aportes o beneficios que pudo haber dado al congestionado espacio público de la zona.
Este proyecto sugiera la pregunta por la demanda de servicios públicos (energía, agua, residuos) frente a la capacidad de la infraestructura existente en al área para sopórtala. Por supuesto, entre más altos son, más cargan los servicios de luz, agua, etc, si existe la posibilidad de construir estos rascacielos, debería pensarse en donde sería más adecuado y útil construirlos.
Claro que se puede pensar donde y como puede crecer la ciudad de forma vertical. Las ventajas pueden ser muy importante como necesidad de compactación urbana, o sea grandes densidades con las proporciones equilibradas de espacio peatonal, verde, de comercio, trabajo vivienda y equipamientos. También considerando el recurso de las infraestructuras para no colapsarlas.
El BD Bacatá, casi cumple su sueño del rascacielos más alto, como lo intentaron otras propuestas que se quedaron en la ficción pendiente de ejecución, como la torre que alcanzó a tener una licencia para subirse en 90 pisos, en el lote de la Av. 19 con carrera 7, cercano al BD Bacatá. Mientras tanto la carga problemática del deterioro físico, la informalidad y la pobreza donde se ubica la necesidad de actuaciones que mejoren las condiciones espaciales y las infraestructuras siguen pendientes en su letargo de desarrollo.

LSA: Finalmente, otra característica que menciona del crecimiento actual de la ciudad es una verticalización en sectores marginales. ¿En qué consiste esto y qué efectos tiene?
Germán Montenegro: Se trata de conjuntos residenciales en altura implantados en los bordes de los barrios autoconstruidos, hoy día legalizados, especialmente en las localidades del sur de la ciudad donde el crecimiento informal ya está contiguo a Usme y Soacha, zonas que fueron receptoras de la población rural desplazada por la violencia desde los años cincuenta, y afectadas por problemas sanitarios por la cercanía a focos contaminantes como el relleno sanitario de Doña Juana, la zona de canteras y el embalse del Muña, que recibe las aguas contaminadas de la metrópolis.
En la actualidad, estos intersticios resultaron de lotes hoy día obsoletos, viejas ladrilleras o fábricas, que en muchos casos fueron el motivo del asentamiento informal por la provisión de empleo. En la actualidad estos predios representan una oportunidad de desarrollo inmobiliario en conjuntos cerrados de torres de vivienda, que bien traen incorporado el cerramiento que los aísla del espacio público en los barrios populares colindantes.
Este fenómeno plantea un esquema de segregación en un área que históricamente ya había sido segregada con respecto a otras zonas de la ciudad. Igual propician fragmentación socioespacial, dado que se trata de grandes proyectos herméticos que no se pueden atravesar. Por ejemplo, los grandes edificios que están poniendo en el borde de Ciudad Bolívar establecen unos límites tan marcados que divide la sociedad entre los que viven ahí y los del entorno que no pueden acceder.

Esos nuevos bloques de rascacielos alrededor de los tejidos informales afectan la relación de las personas con la calle, pues después de ellos ya las dinámicas sociales de la calle quedan desconectadas e interrumpidas por un espacio privado que rompe la horizontalidad del espacio.
La gente empieza a crear dinámicas de movimiento distintas. Los que viven en el edificio se desplazan del carro al sótano, y del sótano al ascensor y al apartamento. ¿Quién está midiendo el impacto social de esas rupturas tan agresivas del espacio?
La Silla Académica:¿Qué reflexión general le queda de estas tendencias de crecimiento de la ciudad?
Germán Montenegro: Que me preocupa la ausencia la planificación con relación a estos fenómenos. Tengo la sensación de que es lo mismo construir un edificio de 30 pisos a uno de 5 en términos de regulación normativa, y eso no debería ser.
Creo que debería haber algunas particularidades y límites a cuán altos pueden ser según la zona. Estamos hablando de edificios que se va a demoler en siglos, y que afectan el paisaje urbano de manera notable.
Tenemos que pensar qué tipo de ciudad estamos haciendo y si lo que predomina es ese reemplazo que se ve de un urbanismo entre elementos naturales que predominó en Bogotá en una época por edificaciones tan altas con efectos sociales que apenas empezamos a entender.
